Una de las habilidades de Virginia Woolf consistía en evitar las comas en párrafos largos. Ella vivía sin las pausas disminuídas, al tiempo que vertía sus actividades en un trecho incómodo, parecido a su esófago. Seguramente pensaba en otras mujeres, a sabiendas de que su marido la amaba y estaba dispuesto a derrumbar paredes, con tal de tenerla a su lado.
El amor interrumpido no debe tener comas tampoco, sino, puntos finales. El plano de papel que le servía como escape a un amor que sentía por su cónyuge, y al cual intentó corresponder fracasadamente, fue tornándose en una prisión conocida públicamente, para el bien de la humanidad. Pero no hay que regocijarse en ello; sus delirios la empujaron a renunciar muy fácil. En nuestra época, pocos llegan hasta tal extremo, persignándonos en el juego de la buena salud mental; es decir, uno no se suicida en sanas condiciones. Ella prefirió el punto final a todo, no solo a la mentira de vivir amando a medias; amar a medias se configuró, para Virginia, como una intensa resolución de su propia vida, que liberó, aunque con dolor, a su marido, cuya versión de la historia me resulta un misterio.
Perdónenme esa extraña introducción a lo que se convertirá, en contadas palabras, en un mensaje de reproche a nosotros mismos: no seamos agua tibia, amemos o no amemos. En nuestra ignorancia de lo que sentimos, a la intensidad del apego la solemos confundir con el concepto del amor.
En el amor emerge un amor propio, reflejado en lo que queremos para nosotros. Al pensar más en sí mismo, el ser se aleja de pensar en el otro, y nos vemos heridos cuando no tenemos lo que queremos.
La forma de vivir coherentemente con lo que pensamos, es la mejor forma de amar. Por eso, el perdón y otros obstáculos necesarios para ser felices, no son contemplados como opción, porque pensamos más en nosotros y en lo que merecemos. Todo un instinto humano por identificar, para evolucionar.
Declaro la urgencia de usar más mecanismos de cierre adecuado de las relaciones de todo tipo, no con comas, sino con puntos finales, porque el perdón es también hacer justicia al futuro. El suicidio verdadero es vivir mentiras piadosas para no herir a los demás, por el ego de tener lo que siente que se merece. Cada quien tiene sus motivaciones y prefiere inventarse su propia salud mental, pero se les ve mal. Todavía estoy identificando ese trámite.