jueves, 7 de agosto de 2014

No se puede ver a un pobre feliz

Los festivos acaban la marcha con facilidad. El pasar de los minutos se asemeja al de los segundos, en obediencia al incalculable impacto de la tranquilidad del pobre. "No se puede ver a un pobre feliz" es la base que posiblemente esté escondida en algún libro religioso, y que se hace absoluta, incluso cuando los pobres nos escondemos para que, por un rato, no podamos ser vistos tranquilos.

Si no es alguien quien pretende suspender nuestra tranquilidad, es una fatalidad repentina, la que prospera en ese objetivo; lo mejor es no dar papaya. Si la felicidad es la tranquilidad, entonces, siempre será mejor evitar pensar.

El respeto por la tranquilidad del otro es manejable con el paso de los años, no de los festivos, por eso, y más cuando un festivo aparece en el calendario, como queso del sánduche de dos días hábiles, como hoy, trato de torear esa fatalidad, mostrándome dormido, sin ganas de despertarme, porque, por lo visto, al perezoso, no hay fatalidad que le intente quitar la tranquilidad, y menos, la alegría. Voy a dejar de pensar. Entonces, para ser un pobre feliz, mejor me duermo.