lunes, 18 de junio de 2012

Acabemos esta temporada de caza

"Parece que en Colombia estuviéramos condenados a pena de indignación perpetua" Felix de Bedout ‏@fdbedout
He pensado a veces que es mejor morirse voluntariamente, que esperar a que la violencia pueda convertirnos en víctimas. Dejarse apagar como el piano cuando se levantan las manos de sus teclas, como una vela que se apaga a si misma dejando inflar una gran gota de esperma en el pabilo.

Lo fácil del suicidio es renunciar a continuar, lo difícil es el intento de pensar solamente en uno.

Es fácil renunciar porque la vida es de uno, y uno sabe hasta dónde es capaz de aguantarse la temporada de caza sin balas, ni ganas de matar; los trofeos parecen llegarle a cazadores hábiles, o a los que se atribuyen triunfos ajenos. Pero, más fácil resulta renunciar, al sentir que somos blanco de la persecución, a falta de animales por cazar.

A veces uno quiere parar de pensar, porque el estrés que causa la temporada de caza es agotador, atenuante de sensibilidad y franqueza. Herir a otros cazadores se convierte en una estrategia amplia de movimientos para sobrevivir y supervivir, consecuencia del 'deber ser', que propone la mediocre masa humana, esa misma que decide no cambiar la forma cómo funcionan las cosas.

Es difícil dejarse morir cuando se sabe que aún nos quedan municiones, cuando las balas te las prestan otros, y cuando nos percatamos de lo cercano que está el objetivo.

Pero no deseamos morir voluntariamente cuando estimamos la posibilidad de movilizar al mundo, abrirle los ojos, para que caiga en la cuenta de que, la meta misma debe ser parar de cazar, soltando las armas para comenzar una temporada distinta, con una meta colectiva que nos permita construir y reconstruírnos.

Entonces, deja uno que las manos toquen el piano, aún cuando la estrategia sea esperar, o rompemos la gota en el pabilo, para que siga encendida la llama que nos hace continuar. Los cambios superficiales no impactan tanto como el fondo de la realidad; de cualquier manera, la estrategia no es esa que nos han enseñado.

A todas las víctimas en Colombia a causa de la violencia, como mi cuñado Luis Osorio (año 2001), o uno de los más recientes, Juan Guillermo Gómez Ospina (#JuanGGomez), asesinado este fin de semana cuando le robaban un celular (ver noticia).

lunes, 11 de junio de 2012

Somos paisaje


Mis días se acaban cada vez más rápido y comencé a notarlo en aquel vuelo de regreso. Pude ver a través de la ventana, a las nubes deformándose en el aire, tapando todo lo visible en tierra: árboles, montañas, ríos y abismos; esas nubes de un blanco irreproducible por una fotografía, con sus razones de estar ahí, despertaron la inquietud de mi rol como eslabón en la cadena de mi reciente acontecer.

Pensaba únicamente en mí, como probablemente hizo cada miembro de la tripulación. Recordé mis recientes fugas y abandonos de la vida de otras personas que solían ver grandes cosas en mí y que habían dejado de apreciarlas, como yo en ellas. 

Pero desde la ventana también vi las copas de los árboles, curvaturas de montañas, los reflejos de los ríos y abismos que componen el paisaje, sin razones aparentes. Concluí que somos paisaje de momentos y ciclos que cambian, comienzan desde ceros y que borran lo que estaba ahí antes. Que los movimientos y des-hielos hacen nuestra forma, y que cada elemento cuenta y tuvo sus razones de estar ahí.

Identifiqué la necesidad de que mi memoria selectiva empezara a actuar para permitirme un vuelo más tranquilo en medio de tanto silencio en la cabina del avión. Debía encontrar la razón para continuar sin temores a seguir perdiéndome entre extraños, cuando ya prefería no perderme entre los conocidos.

lunes, 4 de junio de 2012

La sábila o la daga


La vida es un completo desastre—ojalá logre explicarla eventualmente desde un ángulo distinto—y  me hipnotizo contemplando cómo los demás perciben al mundo, o cómo me perciben a mí. ¿Quién escucha ese silbido en el aire que retorna a mi cabeza como un eco agudo y sostenido en el tiempo?; ¿alguien aprecia las tonalidades del color con esta misma óptica?; ¿considerarán, como yo, que la lluvia es el fenómeno natural más impredecible?.

Disfrutaría más la vida, siendo un hidratado mazo de sábila que, tras un corte vertical exuda su pulpa: frágil, pero fuente de vida para las vidas ajenas. "Debo enajenarme", pienso, para volver a mí. Es el comienzo de un plan que desembocará, si bien resulta, en el cambio de mi mundo cercano.

Lograr el cambio en otros, para barrer el suelo que ensuciamos entre todos, me empuñará la llave de la puerta que abre la ventana al colosal paisaje del ‘valió la pena’.

Me guía una fuerza natural que nos habita en el plano de la euforia silenciosa, colmando cada grieta de desesperación por no vernos reflejados en las verdades absolutas que nos enseñaron siendo niños: hay que buscarle una respuesta a todo y, callarla, si es sobre uno mismo.

Entonces, comienzo a ver los trazos que conforman la figura de un hombre parecido a su padre en juventud, especialmente idéntico en privarse del deseo de atesorar lo inservible. Soy yo, y me escucho, y me observo y me analizo, por fuera de mis propias conveniencias, martillando y astillando la frágil coraza de nácar que recubre a la vida. Abro el corte de la sábila con una daga que afilé con cuidado.

Mis introspecciones vuelven tras cada golpe, con mayor fuerza, justo cuando pienso que tengo las verdades absolutas sobre los demás, y me dibujo a mí mismo en el error. Ya pocos escuchan, observan y analizan por fuera de sus propias conveniencias. Es mejor—en ocasiones—percibirse a uno mismo como si fuéramos extraños. Saber más sobre los otros, lo que hace es darnos una daga que ha penetrado a otra daga.